Marcia Noemí Christiasen
Si bien vivimos en un mundo globalizado, donde las fronteras son evadidas por las costumbres y los modos de vida, que inundan el mundo, hay que rescatar, que aún se distinguen entre las sociedades rasgos propios de sus formas de actuar, y ahí es donde Dittus insiste en los imaginarios sociales y que por no ser iguales en todas las sociedades, la espiral del silencio que él considera una construcción social, no tendría las mismas repercusiones en todas las sociedades.
En su trabajo “La opinión pública y los imaginarios sociales: hacia una redefinición de la espiral del silencio”, desarrolla un análisis crítico de la teoría de opinión pública conocida como la espiral del silencio. Según el autor, “afirmar que el ser humano biológicamente quiere ser aceptado y teme el rechazo de sus pares tiene una connotación esencialista. La autoprotección social que reflejaría el denominado miedo al aislamiento es sólo una reacción institucional, apoyada por los medios de comunicación como recreadores simbólicos de la realidad y por las emociones que actúan como dispositivos de control social. En otras palabras, la opinión pública no es más que un imaginario social, al igual que las emociones o la noticia, pero elevada a la categoría de institución: hay un discurso hegemónico que ha facilitado esa legitimación”.
Entiendo a los imaginarios sociales como los mecanismos de construcción de esa relación de confianza y por tanto de aceptación de algo como real, los considero aquellos esquemas, reglas a seguir, que son construidas por cada sociedad y que a lo largo de la vida, las personas que se desenvuelven en ese sistema lo ven como real y verdadero.
Las diferentes ideologías políticas, religiosas, para poner un ejemplo, elaboraban el discurso de justificación del orden social establecido, sin preocuparse de las ontologías que definían la realidad como referencia exterior a las ideologías. El poder, para presentarse como tal en las diferentes sociedades necesitaba de algún tipo de legitimación que le sería proporcionado por alguna forma de reconocimiento social. Y esa forma es la obediencia a los mandatos, produciéndose entonces la paradoja de que sólo alguna instancia tiene poder si otra, que se supone por principio desprovista de poder, la reconoce como poderosa a través de la sumisión.
Las formas democráticas de legitimación del poder se han debilitado porque el referente supuesto, la realidad única que construye el espacio del poder como isomórfico, ha entrado en cuestión. Ya no hay una entidad, teológica o filosófica, que defina como única la realidad.
Entonces, Rubén Dittus expone que la espiral del silencio es sólo una reacción institucional, que sirve como control social, que se explica desde cuatro supuestos básicos: las personas tenemos un miedo innato al aislamiento, la sociedad amenaza con el aislamiento al individuo que se desvía, el individuo intenta captar corrientes de opinión y los resultados de ese cálculo afecta la expresión o el ocultamiento de las opiniones.
Y esto va ligado con los imaginarios sociales que fueron construidos y en los que nosotros nos desenvolvemos desde que nacemos.
Los caminos por los que se construye la opinión pública, que se puede comparar con la conciencia moral de una sociedad, donde encontramos las complejas representaciones de la paz en los medios y en general en los imaginarios sociales son configurados desde “comunidades de comunicación”. Redes, colegios invisibles, comunidades científicas, climas de opinión, tribus de sentido, todos los ambientes donde se configuran y circulan cogniciones, significaciones e informaciones, están atravesadas por relaciones de poder y control.
Hoy sabemos que quienes controlan la comunicación, controlan más allá de donde se encentran, controlan el mundo, controla una herramienta fundamental de poder, así de sencillo; y son los que al final establecen cómo nos debemos comportar, qué debemos hacer, decir y hasta pensar.
En su trabajo “La opinión pública y los imaginarios sociales: hacia una redefinición de la espiral del silencio”, desarrolla un análisis crítico de la teoría de opinión pública conocida como la espiral del silencio. Según el autor, “afirmar que el ser humano biológicamente quiere ser aceptado y teme el rechazo de sus pares tiene una connotación esencialista. La autoprotección social que reflejaría el denominado miedo al aislamiento es sólo una reacción institucional, apoyada por los medios de comunicación como recreadores simbólicos de la realidad y por las emociones que actúan como dispositivos de control social. En otras palabras, la opinión pública no es más que un imaginario social, al igual que las emociones o la noticia, pero elevada a la categoría de institución: hay un discurso hegemónico que ha facilitado esa legitimación”.
Entiendo a los imaginarios sociales como los mecanismos de construcción de esa relación de confianza y por tanto de aceptación de algo como real, los considero aquellos esquemas, reglas a seguir, que son construidas por cada sociedad y que a lo largo de la vida, las personas que se desenvuelven en ese sistema lo ven como real y verdadero.
Las diferentes ideologías políticas, religiosas, para poner un ejemplo, elaboraban el discurso de justificación del orden social establecido, sin preocuparse de las ontologías que definían la realidad como referencia exterior a las ideologías. El poder, para presentarse como tal en las diferentes sociedades necesitaba de algún tipo de legitimación que le sería proporcionado por alguna forma de reconocimiento social. Y esa forma es la obediencia a los mandatos, produciéndose entonces la paradoja de que sólo alguna instancia tiene poder si otra, que se supone por principio desprovista de poder, la reconoce como poderosa a través de la sumisión.
Las formas democráticas de legitimación del poder se han debilitado porque el referente supuesto, la realidad única que construye el espacio del poder como isomórfico, ha entrado en cuestión. Ya no hay una entidad, teológica o filosófica, que defina como única la realidad.
Entonces, Rubén Dittus expone que la espiral del silencio es sólo una reacción institucional, que sirve como control social, que se explica desde cuatro supuestos básicos: las personas tenemos un miedo innato al aislamiento, la sociedad amenaza con el aislamiento al individuo que se desvía, el individuo intenta captar corrientes de opinión y los resultados de ese cálculo afecta la expresión o el ocultamiento de las opiniones.
Y esto va ligado con los imaginarios sociales que fueron construidos y en los que nosotros nos desenvolvemos desde que nacemos.
Los caminos por los que se construye la opinión pública, que se puede comparar con la conciencia moral de una sociedad, donde encontramos las complejas representaciones de la paz en los medios y en general en los imaginarios sociales son configurados desde “comunidades de comunicación”. Redes, colegios invisibles, comunidades científicas, climas de opinión, tribus de sentido, todos los ambientes donde se configuran y circulan cogniciones, significaciones e informaciones, están atravesadas por relaciones de poder y control.
Hoy sabemos que quienes controlan la comunicación, controlan más allá de donde se encentran, controlan el mundo, controla una herramienta fundamental de poder, así de sencillo; y son los que al final establecen cómo nos debemos comportar, qué debemos hacer, decir y hasta pensar.
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