lunes, 9 de noviembre de 2009

La espiral del silencio y “el derecho del más fuerte”

David Arcos

Para ser como los “desarrollados” nos han metido en la cabeza que tenemos que ser, sentir, pensar, hacer, hablar, producir y consumir como ellos. Sin embargo, a la hora de convertirnos en ellos, el neo-colonizador ve que la “ignorancia del subdesarrollado” impide este proceso, razón por la cual no le queda más que imponerle, someterle y convertirlo en un sub-desarrollado que además debe estar agradecido.

La intención del “desarrollado” - el más fuerte- nunca será que otros se desarrollen como él, ya que necesita quitar a otros para él tener más. Sin embargo en su discurso mesiánico nos han dado pensando -“los superiores”- el camino que debemos seguir para supuestamente pasar de ser bárbaros a civilizados, de lo tradicional a lo moderno, de lo malo a lo bueno, de lo imperfecto a lo perfecto, en fin, de lo inferior a lo superior.

Así, el desarrollo se ha convertido en una palabra que disfraza los cambios muchas veces no deseables y no necesarios que están atravesando los países latinoamericanos. ¿Y por qué disfrazar esos cambios? La respuesta es sencilla: es muy fácil resistirse al cambio, pero nadie se opondría públicamente al desarrollo.

Desde esta última frase: es muy fácil resistirse al cambio, pero nadie se opondría públicamente al desarrollo, pretendo relacionar la lógica propuesta por la teoría La espiral del silencio con la práctica del “derecho del más fuerte”.

La Globalización ha hecho que poco a poco las culturas dominantes vayan sometiendo (aculturizando) a culturas “menos fuertes”, que progresivamente deben unirse al más fuerte para poder subsistir. Esto se ha logrado opacando o deslegitimando procesos locales que buscan una alternativa al modo de vida actual. A partir de un proceso de socialización de lo que es bueno y malo para nosotros, los sub-desarrollados, nos han hecho creer que los contenidos determinados por el sistema de creencias culturales y morales del más fuerte son naturales y no construcciones sociales ni convenciones que han ido legitimándose en el tiempo mediante múltiples procesos de habituación, para que así, los asimilemos.

La idea de desarrollo está tan arraigada en nuestro imaginario social que ahora, el miedo a quedar fuera del mismo, tomándolo a éste como una construcción cultural a partir de una forma de discurso del más fuerte, nos dice que debemos comportarnos y opinar como lo hace la mayoría, es decir, considerar que lo que nos ofrece o mejor dicho impone el más fuerte, es lo mejor para nosotros.

Los medios de comunicación tecnológicos se han legitimado como “reflejos de la realidad” y por esto son capaces de crear y “recrear” simbólicamente lo que por todos es aceptado; en ellos la idea de desarrollo como una necesidad urgente para la región se ha reproducido, marginando a otros procesos que se lo oponen, queriéndoles arrebatar su derecho a opinar y proponer algo diferente.

Si los medios sólo transmiten el discurso a favor del desarrollo y crean mayorías a favor de éste, las minorías que se lo oponen quedan opacadas y esto generará que muchos duden en combatirlo, limitándose a no opinar y guardar silencio. O peor aún pasen a ser parte de estas mayorías aunque difieran con la misma.

El respeto a la diversidad y la diferencia puede ser un inicio para romper con el silencio y la pasividad, para comenzar a proponer y construir algo desde nuestras vivencias y realidades.

Las sublevaciones indígenas en la zona andina latinoamericana, los movimientos sociales de marginados como los piqueteros argentinos, o los Sin Tierra de Brasil, etc., demuestran el rechazo y la resistencia hacia una homogeneización neoliberal del planeta, justificada a través de una opinión pública. Ellos aunque minoría han comenzado romper con el silencio.

Sin embargo esto no es tan fácil. Según Berger y Luckmann, la versión alternativa de la realidad objetivada representa una amenaza teórica no sólo para el universo simbólico, sino también una amenaza práctica para el orden institucional legitimado. El más fuerte no va a permitir que estos procesos se den. Es por eso que al considerar a la opinión pública como sistema de control social y a los medios como recreadores simbólicos de la realidad, enfrentamos un gran reto.

Nos es necesario romper de una vez por todas con las formas de pensamiento obsoletas y prácticas organizadas a la predominancia del poder que nos ha querido quitar la voz y la esperanza de volver a soñar.

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